VEJEZ: LA ETAPA FINAL
Esta Etapa Final se debe comprender. Has llegado hasta aquí y has de estar feliz.
Llega un momento en la vida en el que ya no sientes la necesidad de demostrar nada a nadie.
Cansancio, hastío, no; es una nueva realidad.
No tiene nada que ver con que te hayas rendido, si no, más bien, que ya dejas de batallar por todo lo que te importa, o sea, todo deja de tener importancia, ves que es sufrir sin sentido.
Eso me hace pensar que cada cosa tiene la importancia que tú le das.
Percibes que nada puedes hacer.
Antes pensabas que lo arreglabas todo, que eras imprescindible. Ahora te das cuenta que ya nadie te pide opinión, es más, que, si la das, “tú no sabes nada” -dicen- y, es probable que tengan razón; qué sabemos de este mundo que no es el nuestro.
La educación recibida te resulta como una losa al cuello que te hunde más y más. Te miran con rareza cómo si contagiases de algo horrible.
Es el momento de la toma de decisiones para no amargarte lo que te queda de vida.
Decides la tranquilidad, Aceptas la soledad, es más. llegas a buscarla, sientes que es tu mejor compañía.
No discutes, para qué, que la otra persona se sienta feliz, ya que si tienes razón es una estupidez intentar convencer a nadie que piensa que está en la verdad; la razón siempre es la suya.
Tu mejor amiga es tu otra yo, siempre ha estado ahí, pero, es ahora que ni con ella discutes.
No tienes que demostrar nada. Nos pasamos la vida demostrando: en el trabajo, en el rol de madre, de hija, de esposa, de amistad. En la vejez, como que ya te han puesto el cartel, puedes hacer lo que te venga en gana, dejaste de demostrar, no te sirve para nada. Tienes claro que esto no es debilidad, al contrario, nunca fuiste o te sentiste más fuerte.
Antes solías decir: “no me da la vida”; ahora dices, “no me da la gana”, la gana de hacer algo; si no tienes ganas, acéptalo. Sólo debes estar acorde con lo que haces o con lo que no haces. Esto último es muy importante; disfrutar con, hacer nada.
“No Hagas Nada y Todo Estará Hecho”.
Eliges la paz. La tranquilidad.
El silencio en vez de la discusión, el bullicio.
Salir, en lugar de destruirte por dentro.
Eliges no tener que demostrar, no porque seas débil, sino porque por fin eres fuerte; porque el mayor acto de fortaleza no es poner a otros por encima de ti; el mayor acto de fortaleza es dejar de hacerlo, eso es sanación, eso es madurez. Y, es entonces cuando la vida empieza a cambiar; la gente te acepta, sin que hayas de pedir nada, sin luchar por encajar.
En la vejez, lo que más valioso es el silencio, siempre y cuando sea aceptado, el Poder de la Mente, ese poder que no nos enseñan a tener en cuenta.
El desapego de hijos, hijas, nietos, nietas; la descendencia tiene una vida propia, que han de vivir, tú no puedes ser una preocupación para ellos. No les trajiste a este mundo para que llegada tu vejez te cuidasen. No. Que el silencio no te pese, no sientas soledad que te deprima porque el hijo o la hija no sepan nada de ti, son un ente aparte, les criaste para ser libres. Feliz tienes que estar por ello; no dejes que ideas de ancestros te llenen la cabeza.
Tu rol de madre fue lo que hiciste: entregarte para que tus hijos e hijas no dependieran de ti.
Recuerda a tu abuela -tú no eres ella- cuando decía: “lo más doloroso no es la soledad en sí… es el recuerdo; pensar que un día entregaste todo: desvelos por una fiebre, compaginar trabajo con familia, paciencia para enseñar a caminar, a hablar, a leer, escribir, a soñar; y, llegada mi vejez, después de dar todo…”.
“Es recordar que diste amor sin condiciones, y que hoy, en pago, no llega ni un "¿Cómo estás?", ni un "Te extraño". Eso decía tu abuela. Tú has crecido como persona y no necesitas a nadie. No caigas en esa trampa.
Muchas madres, en otras épocas, envejecían mirando por la ventana, esperando una visita que nunca llegaba. Algunas inventaban excusas para justificar la ausencia de sus hijos: "Están ocupados", "Tienen su vida", "Seguro vienen el domingo"; pero los domingos pasaban sin venir. Ellas lo único que hacían era amargarse. La madre lo siente más, por aquello que ha formado parte de su cuerpo.
Y, lo que ya es infinito es cuando el hijo ni siquiera llama por teléfono; la madre se conformaba con esas largas charlas, pero hasta en eso tiene que emplear el desapego.
A la madre siempre se le culpabiliza de todos los males, será porque les hemos dado la vida; nuestra vida, quiero decir, porque pares y ya nada es igual en tu mundo, has entregado tu vida a cambió de qué, del capricho de ser madre. Y, ahora qué, cómo llevar a ese nuevo Ser por un mundo hostil. Hagas lo que hagas, no lo harás bien, ni para unos, ni para otros, ni siquiera para ti; mucho menos para ese Ser.
Cuando la muerte llega, aparecen todos.
Llegan con costosas coronas de flores, dicen palabras bonitas, lágrimas, sinceras o fingidas, y un arrepentimiento que ya no puede reparar en nada.
Entonces hijos, hijas, nietos, nietas, es cuando aparecen, será para justificarse en sí mismos.
Es posible que un día se acuerden de ti y tengan ganas de abrazarte, ese abrazo que no supieron darte. Porque el amor que no se da en vida se convierte en deuda eterna, y el tiempo que no se entrega se convierte en culpa.
La descendencia de una persona no debería esperar el ataúd para estar presente. No deberían usar escusas de trabajo, falta de tiempo. Deberían ocuparse hoy como un rol más en la propia vida, no como una obligación, si no como un bien en tu vida futura propia.
No uses la excusa del trabajo, de la distancia o del “después”. El después muchas veces nunca llega. Ve hoy, llama hoy, abraza hoy.
Escuchar esas historias que ya conoces de memoria, pero que tus padres necesitan contarte una vez más. Porque llegará un día que desees abrazar a tu madre y a tu padre, pero ya no estarán.
Porque el amor más valioso no es el que se pronuncia en un funeral, sino es el que se entrega mientras el corazón de la madre o del padre lo siente. Ese amor si lo das a tiempo, no tiene precio, sin embargo, si lo dejas pasar, se convierte en la deuda más cara de tu vida y que tu mente no cesará de recordar.
Hoy día, la sociedad se ha tornado con más desapego de descendientes y ascendientes.
Ser madre de un hijo, de una hija mayores es aceptar que ya no eres el centro de su vida, pero sigues amándolos. Porque hay amores que no se apagan.
Es más, hay personas que, en la vejez, encuentran pareja y siguen disfrutando de su vida sin pensar en descendencia; esa fase está cerrada.
Se abre una nueva Fase en compañía de una pareja para el resto de tu existencia; porque una compañía de vida no es sólo una pareja sexual.
Nuestra necesidad va más allá de lo visible y lo sensible. Es hallar con quien salir a caminar a un ritmo nuevo, es aprender a caminar al ritmo de la otra persona.
Contar tus historias como si fueran nuevas; apreciar que son escuchadas con interés. El diálogo que ya tenías olvidado.
Acostumbrarse a una mano nueva, a la calidez de otros labios, el sentir unos abrazos, ver el amanecer con la luz de otros ojos que no son los tuyos.
Disfrutar de una plática intrascendente a tu medida. Alguien con quien tomar despacio el primer café de la mañana.
Alguien con quien sentarse a contemplar el atardecer de cada día.
Esa otra persona a quién entender entre líneas, ese lenguaje cómplice que tenemos los enamorados, aun estando entre la gente, y que nadie más entiende. Que cuando digas “tengo frío”, tu pareja entienda “abrázame”. Que cuando responda, dejándote su chaqueta: “ten, tápate”; tú entiendas su “te quiero”.
Con quien, lejos del mundanal ruido familiar y social, tengáis un extraordinario FELIZ AÑO NUEVO.



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