LAS PERSONAS ANCIANAS SON SABIAS




ISABETH HICKMAN 

ESPAÑA



COMPAÑERA DE HOSPITAL. Dos Chicas Viejóvenes Hospitalizadas.

       El Poder de la Mente es tan extraordinario que no podemos explicar cómo en un momento difícil, terrorífico, te brinda una emoción que será una de las mejores de tu vida que no olvidarás jamás; una vivencia que cambiará tu vida. Quiero compartirla en esta Sección.
           El confinamiento, me pilló en el hospital. Tenía 69 años. Os lo voy a narrar.
         El jueves antes del confinamiento, sentí que tenía un tapón en el oído. “Habré dormido de ese lado y el apoyo del oído en la almohada me ha producido el tapón”. Era mi pensamiento, pero al ver que no me desaparecía me dirigí a urgencias para que me quitaran el tapón, no fuera que me pasará el confinamiento con tapón.
        En la consulta de urgencias, me hicieron una prueba con el diapasón y, ¡¡¡NO LO OIGO!!!!!!! El doctor ordenó mi ingreso.
No me lo podía creer. Si yo sólo he venido para que me extrajeran el tapón. Me desmoralicé. No podía creer que eso me estuviera pasando. Me ingresaron en planta.
          Esa noche llovía con fuerza, con lo que me gusta oír y ver la lluvia; en mi tristeza, comprobé que no oía el sonido de la lluvia. Lloraba sin consuelo: “No podré volver a oír la lluvia”. Lloro, sola en la habitación. 
           Me han realizado muchas pruebas. Me han pichado en vena, me han dejado una vía para ponerme una medicación durante muchas horas. Más pruebas. Durante muchos días. Se ha logrado recuperar el oído, aunque, con ruidos horrorosos. 
           Todo suena metalizado y, con una elevada amplificación, hasta el dolor. Los ruidos agudos, me resultan insoportables. Es como si tuviera un transistor sin emisión, pegado en el oído. Acuífero crónico
      A causa de este suceso, he conocido a Mercedes, otra VIEJOVEN.
      Ingresó en la otra cama de la habitación, del hospital. Al momento, congeniamos. Como si nos conociéramos de siempre.
         En alguna parte he leído que cuando una persona te cae muy bien desde el primer instante, es que, a esa persona, la reconoces de una vida anterior, como amiga. 
        Pues bien, debió ser toda una amiga en mi vida anterior, porque, nadie, nunca, ha sido tan feliz en un ingreso de hospital. 
Hablamos. Reímos. Compartimos alimentos que nos han traído las visitas. Nos sentábamos en la cama, al estilo yoga, y nos vamos pasando: 
         Ella me ofrece mandarinas. A cambio yo le doy kiwis. Y, nos hacemos un picnic.
       También nos intercambiamos el libro de lectura. Parece que estuviéramos unos días de fiesta en un hotel.
        Ella me ha contado que había superado una leucemia en su juventud. Por lo que tiene una forma diferente de ver la vida. Y, me enseña:
       Me enseñó y me introdujo en un método de relajación, que hacíamos juntas, al unísono, en nuestras respectivas camas en el hospital. Es el primero que yo he realizado:
          Ponte cómoda. Que nada te moleste. Los ojos cerrados, pero sin presión. La boca entreabierta. Los hombros sin oprimir. Respira con el estómago, saca el aire por la nariz.
Hazlo 3 veces.
La frente relajada, sin arrugas. Te ves una cara perfecta. Te quieres. Te aceptas.
Estás en la playa. Te lleva una ola. Estás relajada.
Dibuja, en tu cabeza, lo ves dibujado en la arena, 3 veces un número y mientras lo estás viendo respiras como antes.
Empieza por el 3: Respira, 3. Respira, 3. Respira, 3. 
Ahora por el 2: Respira, 2. Respira, 2. Respira, 2.
Ahora por el 1: Respira, 1. Respira, 1. Respira, 1.
Ahora desde el 10, hasta en 1, respirando entre cada número: (10, 10, 10). (9, 9, 9). (8, 8, 8). (7,7,7)….
Teje las pestañas, mentalmente. No fuerces los ojos. Concéntrate en tus manos. Relájalas. Que nada te moleste. Olvídate de ellas. Como si no tuvieras. Ahora con las rodillas. Con los pies. Que nada te moleste. Los hombros, que no te aprieten.
Tu corazón, lo oyes. Lo ves. Es bonito. Háblale. Quiérele. Mímale como a un osito de peluche. Concéntrate en el punto más débil que tengas. No te duele, es perfecto. 
Te gustas. Te sientes bien. Piensa en el momento que más te agrada recordar. No busques. El que primero te venga. Recréate en él. Dibuja una sonrisa en tus labios.
1 minuto después. Poco a poco, vas abriendo tus ojos. Estás como nueva.
Todo ENERGÍA.
         Me ha enseñado a decir, “te quiero”. Aprendí a decir te quiero. A mi padre, a mi madre; cuando ya nos pudimos ver, se lo dije, era la primera vez que les decía te quiero, se quedaron muy sorprendidos. 
          A todo el mundo que se lo merece, digo un “te quiero”, a modo de gracias.
         Me habló del mar, me prometió que me enseñaría a “conocer” el mar. A contemplarlo. Me dijo que tenía que aprender a contemplar el mar desde una perspectiva inigualable; desde una perspectiva de cercanía, de pertenencia. Ella me acompañaría, una tarde, al borde del mar y, “te lo presentaré”. Dijo que lo haría de tal manera, que siempre que estuviera contemplando el mar me iba a llegar una forma de relajación total. “Tal será la relajación sentida, que las lágrimas te caerán libremente”. 
       Esta promesa me mantenía impaciente. Ir juntas a la presentación del mar. Tal y como lo cuenta ella, el mar debe ser hermoso y yo no he reparado en ello —pensaba yo.
             EL QUEDATENCASA nuestro es fácil y divertido. Nadie nos visita, o sea, nadie nos molesta. No estamos tan enfermas como para que vengan los sanitarios, están muy ocupados. Estamos olvidadas, en el mejor de los términos. Y, seguras. Pero, para mí que, con todo este lio, no se acuerdan de que estamos aquí.
         La hora de lectura con intercambio de libros. Yo leía un capítulo de su libro. Ella uno del mío. Es divertido compartir. 
“Solidaridad, no es dar lo que te sobra, sino compartir lo que tenemos” —me dice.
         Mi punto de lectura en los libros, es un trozo de papel higiénico. Es mi costumbre. Siempre perdía los puntos de lectura y así si pierdo el trozo de papel higiénico no importa.
             Cuando me vio con el trozo de papel higiénico y le dije para qué lo quería, se puso a reír como una loca. “Ahora sé para qué necesitaba la gente tanto papel higiénico. Se conoce que van a leer muchos libros”, me dijo sin poder respirar.
             Me uní a su risa, hasta que se nos saltaron las lágrimas.
          Mi amiga, mi guía hacia una nueva luz, murió. En la última reunión, extraordinaria como siempre, pusimos fecha para la próxima. No la volví a ver.
          Recuerdo que, al llegar a casa me dieron la noticia. Su pareja había telefoneado. 
          Apoyada en la puerta de entrada a casa, resbalé por ella hasta el suelo, sin poder cesar en mi llanto. Días llorando. Imposible encontrar consuelo. Hasta que cogí un folio y escribí en forma de despedida:
        A mi amiga: ¡Cuánto te recuerdo! Tus consejos, jamás quiero olvidar.  Parece que te presentaste en mi vida, cuando más te necesitaba. Un empujón para seguir andando, por ese camino que es la vida. Y, cuando aprendí andar, me dejaste sola. Te fuiste.  Tú, eres lo más importante -me decías- no hay en la vida que valga más que tú, tú eres lo primero; después: los demás. Tenlo presente.
            Así me resuenan tus palabras.
Cariño, no lo olvides: sonríe, sé feliz, que nada te haga daño. No vale la pena.  No importa la cantidad, si no la calidad. No importa vivir muchos años, si no la calidad de estos.
          He llorado tanto, tanto. Aún lloro. “Qué voy a hacer sin ella” —me decía a mí misma.
          No sabía cómo iba a dejar de llorar. No podía. ¡“Cómo no verte nunca más”!
       No me explico lo felices que fuimos las dos en aquella habitación del hospital.
         ¡Cómo nos reíamos! Y, las dos, con el gotero en vena. ¡Qué amigas nos hicimos, sin más! Es que eras especial. Un año y siete meses: AMIGAS. Más que eso; mi consciencia:
Sé feliz, cariño. Sé feliz que nada te preocupe. Energía positiva. Cariño, no lo olvides.
          No lo olvido. Siempre lo recordaré. Qué no sea en balde, tu paso por mi vida.
             Te telefoneé, después de haberlo hecho tú, y no encontrarme:
— Tengo muchas ganas de verte —te dije.
— Y yo también. 
— Ya te llamaré —quedamos
A lo que tú insististe, profundamente, hasta la saciedad; tanto que me causó extrañeza:
Llámame. Llámame. Llámame, ¡eh!, No dejes de llamarme.
          Como implorando. Rogando. Me inquietó tu insistencia.
          Te llamé 23 de enero, nadie cogió el teléfono. Me retumban tus palabras. Más, como un ruego: Llámame. Llámame. Llámame. No dejes de llamarme.
        Me falta algo tuyo.  Me siento desamparada y lloro, lloro mucho. Tú no me dejarías llorar. Por eso te escribo esta carta; porque, haciéndote caso, no quiero llorar más. 
         Quiero que hoy sea el último día que lloro porque te perdí. Nunca te perderé. Siempre estarás con tus palabras de aliento y de energía positiva que tú me has dado para siempre.
¡Cómo te recuerdo! 

Al cabo de años me encontré con esta carta, volviste a mí, sin haberte ido nunca.

         

Maribel Pérez-Hickman Diez, cuyo seudónimo es Isabeth Hickman, es practicante de las siguientes disciplinas orientales: Hatha Yoga, Kundalini, Taichi y Chi Kung.  Ha escrito nueve libros, siendo dos de ellos novelas.  También escribió una obra de teatro. De profesión Asistente Social, ha trabajado con visitas a domicilio a ancianos.  En sus estudios elaboró la Monografía de su Carrera Profesional sobre: “Trabajo a Turnos en la Industria Química”, dentro de un contexto de conciliación de la vida familiar, social y laboral.  Además desarrolló un Programa para la creación de una “Escuela Hospitalaria”, dirigida a niños en hospitalización de larga estada, con el Proyecto: "No pierdas la Carrera".

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