SECCIONES

EDITORIAL


LA PAZ, UNA NECESIDAD URGENTE EN UN MUNDO

 CONVULSIONADO


Vivimos en una paradoja insoportable. Nunca en la historia de la humanidad hemos contado con tantas herramientas para la comunicación, el entendimiento y la cooperación global. Y sin embargo, la idea de la paz mundial se de svanece, volviéndose una entelequia cada vez más difícil de PAZ alcanzar. La "aldea global" que alguna vez soñamos se parece más a un campo de batalla fragmentado, donde los ecos de los conflictos armados, la violencia estructural y la profunda desigualdad conforman la banda sonora de nuestra era.

El problema actual de la falta de paz no es un asunto menor ni localizado. Es un mal sistémico que se alimenta de múltiples cabezas. Por un lado, asistimos al resurgimiento de una política exterior agresiva. Europa, otrora símbolo de integración, ha visto regresar la guerra a su suelo, mientras Oriente Medio y el Sahel permanecen sumidos en ciclos interminables de violencia que desangran naciones enteras.

Pero la falta de paz trasciende el simple cese de hostilidades militares. Nos enfrentamos a una "paz negativa" (la mera ausencia de guerra) que esconde una "violencia positiva" en otros frentes. La paz es también estabilidad económica, y esta se ha convertido en un privilegio. La brecha entre el Norte y el Sur global se profundiza; la inflación y la deuda externa ahogan las esperanzas de millones, sembrando el caldo de cultivo perfecto para la desesperación, la migración forzada y el estallido social. ¿Puede haber paz donde hay hambre? Rotundamente, no.

A esta crisis se suma la fragmentación del discurso. La paz requiere diálogo, pero hemos perdido la capacidad de escucharnos. Las redes sociales, diseñadas para conectar, se han convertido en trincheras donde la posverdad y el odio reemplazan al debate. Polarizados hasta el extremo, nos resulta más fácil demonizar al vecino que construir un puente hacia él. La paz comienza en el respeto por la diferencia, y ese respeto agoniza en la cultura de la cancelación y el grito fácil.

Sin embargo, no podemos permitirnos el lujo de la resignación. La historia nos ha enseñado que la paz nunca es un estado permanente, sino una construcción cotidiana, frágil y exigente. Exige líderes con altura de miras, capaces de anteponer el bienestar colectivo a los intereses geopolíticos o partidistas. Exige ciudadanías activas que no claudiquen en la defensa de los derechos humanos y la justicia social.

Es urgente recuperar la memoria. Recordar que la guerra, además de atroz, es la mayor de las fracasos. Que el diálogo, por tedioso que parezca, es el único camino sostenible. La paz no es un sueño ingenuo; es una necesidad pragmática para la supervivencia de nuestra especie. Si no somos capaces de forjar acuerdos para desactivar los conflictos bélicos, detener la degradación ambiental o regular la inteligencia artificial, no estaremos ante un futuro sin paz, sino ante un futuro simplemente sin futuro.

La pregunta que debemos hacernos, como sociedad y como individuos, no es si la paz es posible, sino si tenemos la voluntad de pagar su precio: el esfuerzo constante del entendimiento, la incomodidad del compromiso y la valentía de elegir la concordia sobre la confrontación. Mientras no respondamos afirmativamente a ese llamado, la paz seguirá siendo un fantasma que recorre un mundo demasiado ocupado en destruirse a sí mismo.




1 comentario:

  1. Agradezco a Rafael Armando Rivera director de ATMAN, su invitación para formar parte del equipo de esta Revista, tan plural y diversa, creando para mi colaboración la sección TEOLOGÍA DEL MAS ALLÁ: ENTRE LA FE Y EL MISTERIO. Gracias .

    ResponderEliminar